lunes, 21 de marzo de 2011

Statu Quo

esde hace más de un año he sentido una fijación particular por el término statu quo, creo que nunca había comprendido la belleza de la palabra. Statu quo es un término griego usado por primera vez de manera moderna en el siglo XIX que quiere decir “el estado actual de las cosas”. Hoy en día puede ser que usemos el término muy a menudo para describir innumerables ocasiones en que sentimos que estamos ante algo perenne.

Sin duda creo que descubrir la esencia del término me ha ayudado a comprender que odio su significado, detesto que las cosas no se muevan y que el mundo no camine, trote o corra por el simple hecho de tener miedo. Dejar que el statu quo domine nuestras vidas es vivir con un miedo que carcome la misma esencia de vivir, el mismo espíritu que nos dio la energía para ser.  Cada acción conlleva una reacción inmediata y por más que queramos el mundo fluye y se mueve a nuestro alrededor pero el miedo reside en algún día, simplemente no estar en medio de la corriente y por eso la queremos atajar, por eso queremos construir diques en vez de turbinas.

La gloriosa revolución inglesa, la revolución de los Estados Unidos y la revolución francesa son los hitos naturales del liberalismo clásico, nuestras repúblicas en mayor o menor grado reciben de estos hechos las ideas básicas para su emancipación. Las revoluciones como tal son movimientos que pretenden alterar de manera considerable el estado de las cosas para articular una nueva realidad que se amoldará a los principios que legitiman el discurso. Defender bajo banderas azules una revolución en 1810 pero no aceptar que cambien situaciones cotidianas de discriminación e inequidad demuestran un cierto cinismo en la forma de actuar. La incoherencia propia de los pueblos acomodados se basa en que cambiar podría significar un debilitamiento de su poder real y por ello es preferible mantener las cosas como están a arriesgarse a compartir su trono.

La naturaleza del ser humano es fascinante, por un lado pretendemos mediante el discurso político del siglo XXI legitimar el hecho que todos somos iguales ante la ley pero al mismo tiempo dejamos que se propongan en nuestro Congreso ordenanzas que afectan considerablemente el espíritu mismo de la humanidad. El conservatismo, actitud y pensamiento propio de las clases más ricas de la población y de aquellos que dan la vida por serlo, disminuye la esencia misma de la persona porque pretende poner la tradición por encima de la vida y el egocentrismo clasista como ente superior al bien común. Éste último valor no está representado en que por ejemplo las comunidades homosexuales no se puedan besar en público sino más bien en que no existan curas pederastas capaces de violar la misma sexualidad de niños y jóvenes. El “eso es así porque así ha sido siempre” no estará, en mi perspectiva, nunca por encima del derecho de una persona de decidir sobre su propio cuerpo y el manejo que le da a un embarazo indeseado antes que la inseminación pueda considerarse ser, ya que existir es tener consciencia propia.

No quiero tildar ahora a todos los conservadores como retrógrados porque el rígido sería yo, pero si quiero que el progreso de una sociedad no se frene por el miedo a enfrentar nuevos retos, sobretodo si estos se derivan de los derechos propios de cada ser humano. Creo que nuestros tiempos nos imponen metas claras en equidad, libertad, consciencia del otro y capacidad. No podemos seguir negándole la posibilidad a personas de convertirse en ciudadanos con plenos derechos por el simple hecho de no compartir su modo de vida que no le hace ningún daño a otros como tampoco podemos seguir fomentando con nuestra actitud que se discrimine a aquellos que profesan otro credo, otra nacionalidad o que piensen que la vida es mucho más que conservar.

El mundo necesita cada vez más sacudirse de los demonios propios de las ataduras que se imponen las generaciones, de la carga ancestral y del peso absurdo de la historia para poder ahora sí con la experiencia ganada hacer de éste un mejor lugar donde cada ser humano pueda vivir y desarrollarse con la plena certeza de que podrá ser aquel que quiera ser. 

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