lunes, 21 de marzo de 2011

Rama de Olivo

Hace algunos momentos termine de ver Invictus, confieso que siempre me había llamado la atención. La historia de Sudáfrica me parece fascinante ya que mezcla infinidad de elementos que considero nos pueden ayudar a entendernos mejor como colombianos. Si bien no compartimos historias de apartheid o colonialismo inglés y/o holandés, si tenemos en común un largo pasado lleno de discriminación y desigualdad. 

Inevitablemente en una película como Invictus lo primero que se le viene a uno a la cabeza es la grandeza de Nelson Mandela y su lucha pacífica por la justicia en su pueblo. Mandela fue catalogado como terrorista, criminal, bandido, en fin, como un enemigo del Estado pero también fue un héroe, una llama de esperanza siempre viva. Su vocación, tenacidad y pasión lo llevaron a convertirse en el primer Presidente negro de Sudáfrica y a renovar el país para convertirlo en una de las potencias emergentes más prósperas del mundo. El liderazgo sudafricano es hoy incuestionable y está tejiendo lazos de amistad con la mayoría de los países del mundo, incluyendo Colombia. 

Escribo de Mandela no tanto por la película o la curiosidad por conocer más acerca de Sudáfrica sino por el proceso tan interesante que significa la creación contemporánea de una nación. Los sudafricanos no eran sino varios grupos separados entre si por barreras étnicas, culturales, históricas, económicas, políticas y sociales y el proceso de unificación fue quizá la más grande proeza de Mandela. El, logró articular no solo un sentido de pertenencia y unión, sino también una memoria histórica compartida entre blancos y negros que hoy perdura como el legado más importante post-apartheid. Esa construcción de una sola nación es lo que verdaderamente define la última década del Siglo XX en Sudáfrica. 

Hace 4 años elegimos en Cartagena de Indias un proyecto de ciudad denominado "Por Una Sola Cartagena" y encabezado por quien hoy es Alcaldesa. Muchos caminos se han transitado en estos años, desde el ataque frontal en 2008 contra la elección de Judith Pinedo como los triunfos en materia de educación y planeación en tiempos más recientes. Cartagena sin duda alguna ha cambiado pero todavía falta mucho y 4 años es un tiempo demasiado pequeño como para lograr crear unidad en una sociedad que nació desigual en 1533. 

La sociedad cartagenera es quizá una de las más complejas de Colombia ya que conjuga muchos de los pensamientos coloniales con los problemas contemporáneos de ascenso social por vías del dinero ilícito, entre otros factores. Sin embargo creo que en la búsqueda de una sola Cartagena nos hemos quedado flojos en varios aspectos que necesitan perfeccionarse en tiempos venideros. El proceso de creación de memoria histórica no se puede fundamentar en la negación de los acontecimientos de uno de los lados de la historia sino más bien en conjugar los puntos de vista para crear un "todo" que sea capaz de representar las visiones de la mayoría. 

En Cartagena hemos tratado durante estos 4 años de reivindicar los derechos de los tradicionalmente excluidos y ha sido un proceso positivo en algunos casos pero debemos trabajar por articular también estos sentimientos con la visión histórica de esos que durante años dominaron la ciudad. Nelson Mandela decía que si le quitamos a aquellos que han ostentado el poder esos elementos que consideran más sagrados, en vez de democratizarlos y moldearlos, terminaremos por crear nuevos y más profundos resentimientos y pondremos en riesgo todo lo que hemos ganado. La igualdad se construye creando memoria colectiva con todos los grupos involucrados y no simplemente con visiones parciales porque no habremos sido mejores que nuestros antecesores. 

Tenemos entonces una obligación histórica en Cartagena de Indias por crear una memoria colectiva que teja puentes con ramos de olivo entre los grupos históricamente divididos y construyamos confianza mediante políticas públicas de fortalecimiento ciudadano e infraestructura urbana diseñada para unificar. La unidad de la ciudad, en palabras de Sergio Fajardo refiriendose a Medellín, se debe ver y sentir y para ello debemos cambiarle la piel a Cartagena de Indias. 

Statu Quo

esde hace más de un año he sentido una fijación particular por el término statu quo, creo que nunca había comprendido la belleza de la palabra. Statu quo es un término griego usado por primera vez de manera moderna en el siglo XIX que quiere decir “el estado actual de las cosas”. Hoy en día puede ser que usemos el término muy a menudo para describir innumerables ocasiones en que sentimos que estamos ante algo perenne.

Sin duda creo que descubrir la esencia del término me ha ayudado a comprender que odio su significado, detesto que las cosas no se muevan y que el mundo no camine, trote o corra por el simple hecho de tener miedo. Dejar que el statu quo domine nuestras vidas es vivir con un miedo que carcome la misma esencia de vivir, el mismo espíritu que nos dio la energía para ser.  Cada acción conlleva una reacción inmediata y por más que queramos el mundo fluye y se mueve a nuestro alrededor pero el miedo reside en algún día, simplemente no estar en medio de la corriente y por eso la queremos atajar, por eso queremos construir diques en vez de turbinas.

La gloriosa revolución inglesa, la revolución de los Estados Unidos y la revolución francesa son los hitos naturales del liberalismo clásico, nuestras repúblicas en mayor o menor grado reciben de estos hechos las ideas básicas para su emancipación. Las revoluciones como tal son movimientos que pretenden alterar de manera considerable el estado de las cosas para articular una nueva realidad que se amoldará a los principios que legitiman el discurso. Defender bajo banderas azules una revolución en 1810 pero no aceptar que cambien situaciones cotidianas de discriminación e inequidad demuestran un cierto cinismo en la forma de actuar. La incoherencia propia de los pueblos acomodados se basa en que cambiar podría significar un debilitamiento de su poder real y por ello es preferible mantener las cosas como están a arriesgarse a compartir su trono.

La naturaleza del ser humano es fascinante, por un lado pretendemos mediante el discurso político del siglo XXI legitimar el hecho que todos somos iguales ante la ley pero al mismo tiempo dejamos que se propongan en nuestro Congreso ordenanzas que afectan considerablemente el espíritu mismo de la humanidad. El conservatismo, actitud y pensamiento propio de las clases más ricas de la población y de aquellos que dan la vida por serlo, disminuye la esencia misma de la persona porque pretende poner la tradición por encima de la vida y el egocentrismo clasista como ente superior al bien común. Éste último valor no está representado en que por ejemplo las comunidades homosexuales no se puedan besar en público sino más bien en que no existan curas pederastas capaces de violar la misma sexualidad de niños y jóvenes. El “eso es así porque así ha sido siempre” no estará, en mi perspectiva, nunca por encima del derecho de una persona de decidir sobre su propio cuerpo y el manejo que le da a un embarazo indeseado antes que la inseminación pueda considerarse ser, ya que existir es tener consciencia propia.

No quiero tildar ahora a todos los conservadores como retrógrados porque el rígido sería yo, pero si quiero que el progreso de una sociedad no se frene por el miedo a enfrentar nuevos retos, sobretodo si estos se derivan de los derechos propios de cada ser humano. Creo que nuestros tiempos nos imponen metas claras en equidad, libertad, consciencia del otro y capacidad. No podemos seguir negándole la posibilidad a personas de convertirse en ciudadanos con plenos derechos por el simple hecho de no compartir su modo de vida que no le hace ningún daño a otros como tampoco podemos seguir fomentando con nuestra actitud que se discrimine a aquellos que profesan otro credo, otra nacionalidad o que piensen que la vida es mucho más que conservar.

El mundo necesita cada vez más sacudirse de los demonios propios de las ataduras que se imponen las generaciones, de la carga ancestral y del peso absurdo de la historia para poder ahora sí con la experiencia ganada hacer de éste un mejor lugar donde cada ser humano pueda vivir y desarrollarse con la plena certeza de que podrá ser aquel que quiera ser. 

Ejemplos del Pasado

Hace 199 años Cartagena de Indias declaró su independencia absoluta de España y comenzó su historia como Estado que duro muy poco gracias a la “pacificación” de Pablo Morillo. Hoy, cuando conmemoramos esa fecha, cuando la Alcaldesa ha leído el Acta de nuestra Independencia y cuando nuestro pueblo debe estar embriagado de licor y Kola Román tenemos todavía mucho que aprender del espíritu revolucionario de Getsemaní. Desde ese momento hemos recorrido un largo camino, fuimos arca de batalla de Bolívar, estado durante la constitución federal, departamento, capital de facto durante Núñez, para ser finalmente hoy Distrito Turístico y Cultural y la segunda sede de gobierno. Esa Cartagena, como Colombia su patria ha sufrido inmensas transformaciones producto de la visión y el empuje de sus ciudadanos, quienes movidos por el progreso han avanzado en la solidificación del futuro. Colombia también ha recorrido caminos que antes parecerían imposibles, ha transitado durante estos tiempos por periodos costosos para la historia pero también ha conseguido grandes logros a favor de la democracia.

La era del anterior gobierno estuvo marcada por un rancio conservatismo producto de una ceguera mental y de soluciones inmediatas a problemas estructurales. Durante ese tiempo sin embargo, la jurisprudencia de las altas cortes mantuvo firme la creencia de mantener la igualdad y la libertad consagradas por Santander en el Palacio de Justicia y por nuestros constituyentes en la Carta Magna. Hemos avanzado singularmente en la aceptación de causas para el aborto, en la consecución de igualdad de derechos para las parejas del mismo sexo, en debates más abiertos para temas como la eutanasia y para la superación del dogmatismo y el sectarismo producto de una educación religiosa que dirigió los destinos de Colombia desde aquel Concordato que firmó el esposo de mi antepasada. Reconozco el error fatal que se cometió en aquella época cuando por culpa de este acuerdo se cerraron y aprisionaron a las logias masónicas y se promovió una actitud inquisidora del Estado orquestada por la infame unión entre este y los púlpitos.

Martin Luther King Jr dijo que “la ley y el orden existen para impartir justicia pero cuando éstos fallan en ese propósito se convierten en los diques peligrosos que bloquean el flujo del progreso social”. Eso lo dijo convencido que las negritudes debían tener los mismos derechos que los blancos y reafirmando que no podían existir en Estados Unidos ciudadanos de primera y segunda clase. Creo que mucho hemos avanzado para retroceder hoy y que no podemos por miedo dejar de ofrecer a nuestros conciudadanos las oportunidades necesarias para que se desarrollen bajo el amparo de un Estado concebido para su protección. El Estado colombiano no es y no puede ser un artilugio que privilegie los derechos de unos sobre los otros como tampoco puede ser arma para la expansión de creencias que van en contra de la igualdad del ser humano. No existe motivo alguno, en ningún texto, por más antiguo e histórico que sea, por más caído del cielo que lo creamos, capaz de hacer que el Estado colombiano niegue a sus ciudadanos la posibilidad de una vida en pleno goce de sus derechos inalienables.

Las mujeres, dueñas de su cuerpo y de su libertad de actuar no deben ser blanco de ataques que las culpen de demoníacas por el hecho de no poder seguir cargando lo que podría o no convertirse en un ser humano. La carga de la historia es suficientemente pesada para las mujeres como para que ahora sigamos añadiéndole ladrillos, como si ya no fuera suficiente haber sido juzgadas como brujas, tiradas cuando no podían dar a luz a un varón o asesinadas cuando su esposo moría para que lo acompañara en la vida que sigue. Las decisiones sobre el cuerpo de la mujer no están ni deberían estar sujetas a la voluntad del Estado, ese es un territorio inviolable y no pertenece al ámbito público por ninguna circunstancia. Entrar a ese ámbito es promover también que el Estado controle la población y que caigamos en una dictadura pública de aquello enteramente individual. Las mujeres no deberían seguir tampoco promoviendo ellas la cultura machista de la dominación y se han convertido muchas veces sin saberlo en las principales responsables de su propia inquisición.

El terreno que hemos ganado en la consecución de espacios no debe ser retomado por fuerzas ajenas a los derechos individuales y colectivos. Nosotros como sociedad debemos garantizar que todos gocemos de iguales oportunidades para desarrollar nuestras capacidades. El Estado no es más que un mecanismo que nos inventamos para poder vivir en sociedad y establecer unas pautas comunes para salir adelante y protegernos de lo que Hobbes denominada el “estado de la naturaleza”. Contractualista o no yo creo que no existe justificación alguna para que ciudadanos del mismosEstado y miembros de la misma nación nos neguemos a nosotros mismos la capacidad de ser ya que esto no pone en peligro nuestra propia condición. El aborto, el matrimonio homosexual, el consumo controlado de drogas y la eutanasia no ponen en jaque nuestra propia vida. Una actitud equitativa genera menores traumatismos y mejores resultados que la discriminación. No quiero pensar que en Colombia seguimos tratando de poner el dogmatismo por encima de la inclusión y discriminando a aquellas personas que por diversas situaciones son diferentes al común denominador social.

Me despido citando al presidente republicano Ronald Reagan quien decía que “no hay mayor freno a la mente humana, no hay murallas alrededor del espíritu humano, no hay barreras al progreso, más allá de aquellas que nosotros mismos construimos”. ¿Será entonces que al celebrar 199 años de gloriosa revolución y de ir en contra del sagrado mandato del reino seremos capaces de reconocer que se debe poner fin a la discriminación y a la represión? Ojala no pasen 200 años para poder responder a esta interrogante.